9 de junio de 2014

Burocratismo y corrupción administrativa

Parece insólito que con tantas décadas de desarrollo de la actividad administrativa en la Administración Pública, en Venezuela se haya avanzado tan poco en la consolidación de una cultura del servicio público. Pero resulta aun más alarmante el que aun en las primeras décadas del siglo XXI, en la República Bolivariana de Venezuela, sea el burocratismo el signo que caracteriza  a tantas oficinas públicas. Lamentablemente es poco lo que se ha avanzado en el cambio que permita que el “burocratismo” sea entendido como un verdadero enemigo de la democracia.

Tenemos una primera Ley de Simplificación de Trámites Administrativos, luego reformada o relanzada en 2001, después nuevamente reformada, una Ley Orgánica de la Administración Pública, y antes la Ley de Carrera Administrativa, además de una Ley Orgánica de Procedimientos Administrativos, por citar apenas un cúmulo de las normas jurídicas que  propugnan el derecho de los ciudadanos y el deber del Estado a la eficiencia de la función pública, al derecho de petición y oportuna respuesta, al acceso a la justicia, o a que le “paren pelotas” al ciudadano para utilizar un término mas latino, de por estos lados. Sin embargo, estas normas son letra muerta, en algunos casos por la grotesca ignorancia que los funcionarios públicos tienen de dichas normas y en otras por la cínica y criminal indiferencia de otros segados por la idiotez que el Poder Público normalmente genera en los faltos de vocación por el servir, débiles de moral, pero si ávidos de servirse de los demás y en especial de sus dineros.


El asunto del burocratismo ya llega a condiciones insostenibles para la sociedad. En la evolución del fenómeno, éste se ha convertido en una actividad altamente lucrativa. Hace 20 años el que entrababa un procedimiento, normalmente lo hacía por pura y simple estupidez, o ineptitud exacerbada. Por esos tiempos, el que develaba una excepcional eficiencia o vocación de servicio en la función pública, normalmente era tachado de necio, de “jala mecate”, o incluso de mal compañero de trabajo, por dejar en evidencia la ineficiencia de los demás. Pero en los tiempos actuales, ya no es estupidez, el asunto de entrabar los procesos es un asunto de los más aptos, los más inteligentes, que han concebido un sistema capaz de crear las condiciones esenciales para estafar y extorsionar al público, al ciudadano, al pueblo. El negocio es tan elemental como el razonamiento del flautista caza ratones. Primero crea el problema y luego ofrece la solución al mismo, y claro está, la solución es pagando el precio "compadrito" o como le dicen ahora "camarada". Se trata entonces de sacar provecho a la ineptitud, ponerla a valer por así decirlo. Mátame suavemente...

Ante todo este desarrollo de estructuras mafiosas dentro de la administración pública, militar y policial, la indiferencia y hasta complicidad de los organismos contralores es otra burla a la gente. El éxito de la operación “burocratismo rentable” por darle un nombre que lo grafique en su esencia y objeto contemporáneo, estará garantizado mientras no exista voluntad política por atacar la corrupción en todos sus niveles.

Erradicar el burocratismo sólo será posible cuando los ciudadanos comprendamos y exijamos a nuestros gobernantes, a nuestros jueces, a nuestros diputados, a nuestros funcionarios, que es nuestro derecho el que ellos, que tanto nos cuestan en salarios y recursos, cumplan eficiente y honestamente su trabajo. Parece que llega la hora de que contra el “burocratismo rentable”, se proponga y aplique el plan: “burocratismo cero” de verdad y no por mera propaganda circunstancial, para lo cual sólo requerimos voluntad política y sobre todo, voluntad ciudadana.

Camilo London

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